El último adiós
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El último adiós

1. Miguel Delibes, el guardián del castellano

2. Dennis Hopper, de profesión… cínico

3. José Saramago, entre la política y la letra

4. Juan Antonio Samaranch, el espíritu olímpico

5. José Antonio Labordeta, la mochila a cuestas

6. Un accidente dejó huérfana a Polonia

7. Antonio Ozores, el señor de la voz rara

8. Alexandre, el abuelo del cine español

9. Luis García Berlanga, el último grande

10. También nos dejaron en 2010
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El último adiós
- Miguel Delibes, el guardián del castellano
- Dennis Hopper, de profesión… cínico
- José Saramago, entre la política y la letra
- Juan Antonio Samaranch, el espíritu olímpico
- José Antonio Labordeta, la mochila a cuestas
- Un accidente dejó huérfana a Polonia
- Antonio Ozores, el señor de la voz rara
- Alexandre, el abuelo del cine español
- Luis García Berlanga, el último grande
- También nos dejaron en 2010
Las plumas de Miguel Delibes, José Saramago y J.D. Salinger se secaron a lo largo de este 2010 dejando un poco más huérfana a la literatura, mientras las estrellas de Luis García Berlanga, Dennis Hopper, Antonio Ozores, Manuel Alexandre, Tony Curtis, Eric Rohmer y Claude Chabrol dejaban de brillar en la sala de un cine o sobre las tablas.
La muerte también ha dejado huecos notables en escaños e instituciones llevándose con ella a José Antonio Labordeta, Juan Antonio Samaranch, Néstor Kirchner y Lech Kaczynski, que falleció en un accidente aéreo junto a casi un centenar de personas más.
Oriundo de Valladolid, Miguel Delibes fue durante décadas el mejor paladín del castellano más puro, un idioma castigado por muchos y que él defendió a golpe de tinta y papel. Sin embargo, su aterrizaje en el mundo de la literatura fue casi por accidente. Tras el fin de la Guerra Civil, en la que combatió en la Marina –siempre pensó que disparar a otro barco era un ‘mal menor’ comparado con el hecho de disparar a un semejante-, probó suerte en las carreras de Comercio y Derecho. Pero los estrechos márgenes que las cuentas y las leyes dejan no eran para él, desembocando así, como sin querer, en el periodismo.
Tenía 21 años cuando ingresó en El Norte de Castilla como caricaturista. Pronto descubrió que su verdadera pasión era contar historias, escribir, y se convirtió en redactor.Autodidacta y proveniente de un mundo muy distinto al literario, Delibes escribió pronto su primera y exitosa novela: ‘La sombra del ciprés es alargada’. Corría el año 1948.
Su carácter y su saber hacer en esto de juntar letras hicieron que escalase peldaños en el periódico hasta convertirse primero en subdirector y, después, en director. Cargos ambos desde los que aprovechó para defender sus ideas y su tan amado medio rural – tema recurrente en muchas de sus novelas. Y fue precisamente esa defensa la que le granjeó la enemistad del régimen y la que le obligó a dimitir.
De obligada lectura en el colegio, muchas son las generaciones que han crecido bajo la alargada sombra del inicio a la madurez de Daniel el Mochuelo, protagonista de ‘El camino’ y del que todo niño tiene algo en su interior. Su buen manejo del lenguaje lo sentó en el sillón de la ‘e’ minúscula en la Real Academia de la Lengua Española (RAE), un puesto que le ayudo a salir de la depresión en la que se sumergió tras la muerte de su esposa sólo unos meses antes.
El calado de su obra fue tal que algunas de sus novelas, como ‘Los santos inocentes’ o ‘Cinco horas con Mario’, dieron el salto al cine y al teatro acrecentando aún más su prestigio. Reconocido como un escritor pulcro y cuidadoso, valorado tanto dentro como fuera de España, Delibes dedicó su vida a una tardía pasión, la literatura, en la que encontró la mejor forma de expresarse, comunicarse y sentar cátedra.
“Para escribir un buen libro no considero imprescindible conocer París ni haber leído El Quijote. Cervantes cuando lo escribió, aún no lo había leído”.
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Hijo de un soldado y de una voluntaria de la Cruz Roja, Dennis Hopper ha pasado a la historia del cine como un secundario de lujo, capaz de apropiarse de una película desde la segunda fila, y como un actor rebelde, incontrolable y de estilo propio, cuya vida fue más complicada que la de muchos de sus personajes. La muerte de James Dean, con el que compartió planos en ‘Rebelde sin causa’, marcó un antes y un después en la vida de este niño de campo criado en Kansas al que nunca le gustaron ni las normas ni lo clichés establecidos.
Con ‘Easy Rider’ (1969) demostró que la edad no importa si lo que se tiene es talento. Pero el éxito lo arruinó y lo lanzó justo en el centro de una tormenta personal en la que drogas y alcohol fueron sus mejores compañeros. En sus peores momentos llegó a beber 30 cervezas diarias y consumir tres gramos de cocaína. Mujeriego y adicto, durante años sobrevivió con papeles mediocres para pagar facturas hasta que Francis Ford Coppola lo rescató una década después de su encumbramiento para rodar ‘Apocalypse Now’.
Pocos podían haber encarnado como él a ese fotógrafo loco y desequilibrado. Esa era precisamente su especialidad, meterse en la piel de personajes complicados, retorcidos, llenos de dobleces y con más de una tara mental. ‘Hoosiers’ y ‘Terciopelo azul’ sólo son un ejemplo de su capacidad para adoptar como propios estos personajes. Quizá porque en su vida ya había vivido situaciones extremas. Memorable resulta el escándalo que supuso el encontrarle totalmente colocado, corriendo desnudo en plena selva mexicana e intentado coger una avión a la carrera.
Polémico como pocos, Hopper mantuvo la lucha y la polémica hasta el final. Incluso en el estado terminal en el que se hallaba en sus últimos meses, fue capaz de enfrascarse en un tormentoso divorcio de su quinta esposa. Y, dos semanas antes de su muerte, encontró las fuerzas necesarias para acudir a la inauguración de su tardía estrella en el Paseo de la fama. Allí lució por última vez en público su característica y cínica sonrisa.
Lo que pocos saben es que además de todo lo dicho anteriormente, Dennis Hopper era un gran fotógrafo que encontró refugio en muchas ocasiones tras el objetivo de la cámara. Sus primeras tentativas las hizo en los cincuenta y una década después tuvo el honor de fotografiar a estrellas de momento como Paul Newman o Tina Turner. Su obra ha dado lugar a más de una exposición y a un libro que merece la pena hojear.
“Si la vida hubiese sido justa, habría muerto 10 veces”
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Perseguido por sus ideas, censurado y vetado, la política caminó siempre cogida de la mano de la escritura en la vida de José Sousa, como en realidad debía de haberse llamado el escritor portugués más reconocido de todos los tiempos y Nobel de literatura en 1998. Lo de Saramago, en realidad, fue un guiño del empleado del registro que, en lugar de apuntarlo con el apellido de la familia – Sousa - lo hizo con el apodo. De ahí lo de José Saramago. Pero ese sólo fue el comienzo de una vida particular en la que el escritor portugués se consagró al periodismo, la poesía y la novela.
La última de sus ocupaciones fue la que más aplausos le proporcionó, aunque fue capaz de estar casi tres décadas sin escribir. Pasado ese tiempo, sus textos proliferaron y, con ellos, los éxitos. Justificaba Saramago su silencio novelesco asegurando que no tenía nada que decir. Pero despertó y aprovechó la novela para plantearse casos extremos y críticas fabuladas a una sociedad con la que no estaba de acuerdo.
Se preguntó qué ocurriría si la gente votase en blanco en unas elecciones (‘Ensayo sobre la lucidez’), si una ceguera blanca invadiese el mundo (‘Ensayo sobre la ceguera’), si la Península Ibérica se separase del resto del continente y navegase a la deriva (‘La balsa de piedra’), si un hombre encontrase a su doble (‘El hombre duplicado’)… una larga lista de problemas sociales e hipérboles que lo convirtieron en una de las voces contemporáneas más críticas del pensamiento actual.
Hombre profundamente político, ateo militante e inconformista, tuvo que autoexiliarse después de que la publicación de ‘El evangelio según Jesucristo’ levantase ampollas en su país natal. Así fue a parar a un pequeño pueblo de Lanzarote, donde acabó sus días junto a su segunda esposa y traductora. Saramago fue durante toda su vida genio y figura. Admirado por muchos y defenestrado por otros tantos, su particular estilo de escritura no estaba destinado quizá al gran público. Capaz de escribir una novela usando un solo párrafo, llegó a decir que él escribía para ser leído en voz alta.
“Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”
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El 21 de abril de 2010 fallecía en su ciudad de Barcelona Juan Antonio Samaranch, el considerado por muchos y llamado por todos ‘padre del olimpismo’. Durante 21 años, este político y empresario barcelonés ocupó el cargo de presidente del Comité Olímpico Internacional. Con él al mando, el olimpismo mundial sufrió un auténtico impulso de regeneración y evolución.
A su llegada, Samaranch acabó con el boicot político que durante años habían sufrido los Juegos, impulsó la participación de las mujeres, de los deportistas profesionales (aumentando con ello el espectáculo y los beneficios) y convirtió un negocio ruinoso en el escaparate perfecto para muchas ciudades. Probablemente su peor momento al frente del organismo internacional fue la crisis vivida en 1999 por los escándalos que rodearon los Juegos Olímpicos de Salt Lake City 2002. Fue quizá la mancha en el currículum deportivo de un hombre que vivió por y para el deporte.
Pero Samaranch no siempre fue el presidente del COI y tuvo un pasado como deportista y como político. En lo primero, destacó sobre todo como jugador y entrenador de hockey patines, aunque también tuvo sus tentativas como boxeador y futbolista. En lo segundo, ostentó varios cargos, desde municipales hasta internacionales. Fue afiliado de la Falange y llegó a ser embajador español en Mongolia y la entonces Unión Soviética.
Murió a los 89 años de edad habiendo visto cumplido uno de sus grandes sueños, ver unos JJ.OO. en Barcelona, y otro aún sin realizar, verlos concedidos a Madrid.
“Estoy al final de mi vida y os pido los Juegos para Madrid”
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No se achantó a la hora de mandar “a la mierda” a quienes le impedían continuar su discurso en el Congreso como miembro de la Chunta Aragonesista. José Antonio Labordeta fue genio y figura en todos los ámbitos en los que se movió. La literatura, la política, su familia y su Aragón natal fueron los cuatro pilares que sustentaron la vida de un hombre que no se calló lo que pensaba, que sabía como pronunciar un discurso para centrar la atención del respetable y que no se cortaba a la hora de decir tacos si, según su criterio, la ocasión lo merecía.
Polémico, locuaz, culto, polifacético… José Antonio Labordeta era una especie de hombre del Renacimiento capaz de aunar en una sola persona a un poeta, un novelista, un político, un profesor de geografía, historia y arte, un cantautor y un peregrino errante que no dudaba en echarse la mochila al hombro para recorrer la geografía española dándosela a conocer a todo aquél que quisiese asomarse.
Con Un país en la mochila ganó popularidad y con sus encendidos discursos logró más de un titular en los ocho años que estuvo en el Congreso. Era su forma de llamar la atención sobre lo que le movía a la acción política.
Pero más allá de los discursos en el hemiciclo, Labordeta era un maestro de la palabra. Ésta era su principal herramienta de trabajo, ya fuese como político, escritor o cantautor. En la cabeza de muchos siempre estará presente su ‘Canto a la libertad’, todo un himno durante la complicada Transición.
Habrá un día en el que todos
Al levantar la vista
Veremos una tierra
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El mal tiempo y el empeño por aterrizar en una zona cuando la torre de control les había dicho lo contrario pudieron ser las causas que provocaron el accidente aéreo en el que murió el presidente de Polonia, Lech Kaczynski. Tenía 60 años. Ocurrió el pasado mes de abril en Smolensk (al oeste de Rusia). El dirigente polaco se dirigía a la zona para asistir a un acto homenaje a los 22.000 soldados polacos fusilados en 1940 en la conocida como matanza de Katyn.
Tras varios intentos fallidos de aterrizaje, el avión acabó por estrellarse. El país quedó conmocionado por la pérdida masiva de dirigentes políticos y por la magnitud de la tragedia. Junto a Kaczynski y su esposa viajaban otros altos cargos del país entre los que se encontraban la plana mayor del Ejército y el presidente del Banco de Polonia. Murieron los 97 pasajeros y los ocho miembros de la tripulación. No hubo supervivientes.
Quien no iba en el avión, aunque sí tenía previsto viajar, era el hermano gemelo del presidente, Jaroslaw. El mal estado de salud de su madre hizo que cancelase su asistencia al acto en Rusia. Ambos hermanos compartieron el poder en Polonia en 2005 y 2006, hasta que Jaroslaw perdió su puesto como primer ministro. La defensa de los valores nacionales y una línea política ultraconservadora pusieron el país en sus manos en representación del partido Ley y Justicia, fundado por ellos en 2001.
Entre sus medidas más controvertidas se encontraba la propuesta para una ley que obligaba a 700.000 polacos a confesar si colaboraron en su día con los servicios secretos comunistas. No prosperó. Sí lo hizo el veto a las marchas homosexuales en Varsovia mientras el fallecido presidente fue alcalde de la ciudad.
Políticos polémicos, controvertidos y cuestionados fuera de sus fronteras, los gemelos Kaczynski alcanzaron la popularidad con sólo 12 años al protagonizar la película ‘Dos que robaron la luna’. Después cambiaron la actuación por la política -quizá otra forma de actuación. Gracias a ese discurso radical que tan poco gustaba en Bruselas se hicieron con el poder en un país donde contaban con numerosos apoyos y seguidores.
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Tataranieto, bisnieto, nieto, hijo y padre de actores. Todo eso era Antonio Ozores. Un clásico del cine de los últimos 70 años que en 2010 nos dijo adiós. Murió tras una larga enfermedad y prácticamente sobre las tablas. Esas que tantos éxitos y reconocimientos le reportaron en vida. ‘El último que apague la luz’ fue su testamento. Una obra de teatro desenfadada, con ese humor tan característico de su genio. Después de todo, el libreto salió de su pluma. En el escenario, defendiendo el texto, su hija Enma, la sexta generación de una familia en la que la actuación corre por las venas de sus integrantes.
Antonio Ozores atesoraba un sentido del humor que parecía no apagarse nunca y un habla que lo hacía irrepetible. Las palabras se atropellaban en su boca cuando hablaba, gesticulaba y se apropiaba del momento merced a ese estilo que popularizó en los ochenta a su paso por el ‘Un, dos, tres’. Pero, antes de eso, llevaba mucho terreno recorrido. Siempre fue un actor incansable. Llegó a rodar seis películas en un año, tres de ellas simultáneamente. Cuando lo recordaba, bromeaba diciendo que cuando llegaba al rodaje se quedaba siempre dormido y que, al despertar, tenía que preguntar en qué película se encontraba.
En siete décadas de profesión, a Antonio Ozores le dio tiempo a hacer muchas cosas. Su currículum es kilométrico. Más de 160 películas, unas 200 obras de teatro, series de televisión, de radio… Imposible repasarlo todo. Su debut en cine fue con ‘El último caballo’. Era el año 1950. Su última aparición en la pantalla grande, ‘Pelotazo nacional’, en 1993. Un legado interminable y un nombre importante durante la Transición, el destape y el humor cómico de una época que marcó la historia del cine español.
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Todo el mundo quería a Manolo (así se le conocía en el mundillo). Pero no sólo sus compañeros de profesión, sino también el público. Su aspecto de abuelo entrañable y la bondad que transmitía su sonrisa pícara hicieron de él uno de los rostros más apreciados del cine español. Secundario de lujo, actor de reparto eterno, Manuel Alexandre se reunió, tres años después, con el que fue su amigo de toda la vida, Fernando Fernán Gómez, otro grande del cine.
A sus espaldas quedan un sinfín de personajes -la mayoría secundarios memorables- en las más de 300 películas en las que participó. Trabajó con grandes y pequeños. En el cine, en la televisión y en el teatro. Pero no siempre quiso ser actor. Empezó la carrera de derecho sin mucho tino y decidió probar suerte en el periodismo. Pero tampoco pudo llevar a término sus estudios. Aunque esta vez no fue por falta de constancia, sino porque la Guerra Civil se cruzó en su camino. En su época de estudiante estudio en el Real Conservatorio de Madrid, institución que le unió de por vida a su íntimo Fernán Gómez.
Terminada la Guerra, Manuel Alexandre emprendió la difícil carrera de actor. Era una época complicada. El debut, en 1947, con Dos cuentos para dos. Tuvo un minúsculo papel en Bienvenido, Mister Marshall (1959) e hizo de ejecutado en el que nadie se fija en otra mítica del cine patrio, El verdugo (1963). Poco a poco se fue abriendo hueco, arañando papeles y dándose a conocer. La caja tonta también tuvo papeles para él. Quizá Los ladrones van a la oficina y Siete vidas sean las dos más recordadas. Trabajó hasta casi el final de sus días. En sus últimos años, dos protagonistas para el recuerdo. En televisión, hizo de Franco para una miniserie. En cine, en el ya lejano 2005, una comedia romántica entrañable que llevaba por título Elsa & Fred.
Fue un hombre afable, querido, con muy buenos amigos en la profesión y un seductor incansable. Su personalidad era su gran atractivo y sus tardes en el Café Gijón, uno de sus grandes pasatiempos. Se le echará de menos.
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Berlanga fue, junto a su amigo y compañero Rafael Azcona, uno de los grandes talentos que ha dado el cine español. Mordaz, inquisitivo, dotado de un don para el humor negro, el director de ‘El verdugo’ murió el sábado 13 de noviembre a los 89 años de edad. Con él moría la época dorada del cine español, una época en la que sus películas de crítica y retrato social crearon escuela. Muchos son los que aprendieron esto de hacer cine con él, bebiendo del gran maestro. Ése que se apropió del esperpento creado por Valle-Inclán para las tablas convirtiéndolo en su seña de identidad. Personajes que se movían entre el absurdo y el humor negro plagaban sus obras, las que ahora quedan como memoria filmada de su talento.
‘El verdugo’, ‘La vaquilla’, ‘¡Bienvenido, Mr. Marshall!’, ‘La escopeta nacional’, ‘Plácido’… Así hasta un sinfín de títulos memorables. Rodó con los grandes de la comedia. Pepe Isbert, José Sacristán, Alfredo Landa… pusieron voz y vida a unos guiones en los que él también participaba y para los que, en muchas ocasiones, contó con la inestimable colaboración del gran Azcona. De sus películas han salido algunas de las escenas más populares del cine español. Como aquella en la que Pepe Isbert, convertido en alcalde de Villar del Río, salía al balcón del Ayuntamiento para decirles a sus vecinos aquello que tenía que decirles como alcalde suyo que era.
El mundo del celuloide español le debe sus películas, pero también la Academia del Cine. La cofundó con sólo dos reglas básicas: que no fuese reivindicativa y que la gente fuese de esmoquin a la gala de los Goya. No le hicieron caso en ninguna de ellas. En su última entrevista, concedida al diario ABC, Berlanga habló de la muerte. “El dolor me jode, pero morirme me jode más”. Genio y figura hasta el final.
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ERIC ROHMER. Nacido como Jean-Marie Maurice Schérer, bajo el pseudónimo de Eric Rohmer se “escondía” uno de los críticos y directores de cine más respetados. Fue editor de la prestigiosa ‘Cahiers du cinema’, donde bebió de las enseñanzas del maestro André Bazin. Como buen cineasta de la llamada Nouvelle vague, sus películas pertenecían a la escuela de los diálogos sin demasiados artificios. Murió a los 89 años.
CLAUDE CHABROL. Su vida marcha prácticamente paralela a la de Eric Rohmer como integrante de la Nouvelle vague y crítico en Cahiers du cinema. Aunque, en realidad, Chabrol se adelantó al movimiento. Antes de que éste se iniciase oficialmente con el premio a Truffaut en Cannes por ‘Los 400 golpes’ (1959), él ya había estrenado ‘El bello Sergio’ y ‘Los primos’, antesala de lo que estaba por venir. ‘Bellamy’, que llegó a las pantallas en 2009, fue su último trabajo tras la cámara.
TONY CURTIS. Vestido de mujer e intentando conquistar a una “inocente” Marilyn Monroe en compañía de Jack Lemon. Así se recordará a Tony Curtis. Un galán con gancho y mucha gracia que lucía una mirada penetrante y seductora a la que costaba resistirse. Hasta en seis ocasiones contrajo matrimonio. En su currículum, clásicos como la mencionada ‘Con faldas y a lo loco’ o ‘Los vikingos’.
J.D. SALINGER. Este escritor neoyorkino fue un personaje en sí mismo. Poco amigo de los focos, apenas se le vio en actos públicos ni existen testimonios gráficos con él como protagonista. Murió tras varios años de reclusión voluntaria. Siempre será recordado por ‘El guardián entre el centeno’ (1951). Un libro de culto que sigue marcando a generaciones enteras y del que cada año se venden cerca de 250.000 ejemplares.
ÁNGEL CRISTO. Tras varios años de subidas y bajadas, paseos por los platós de televisión aireando sus problemas familiares -tanto con sus hijos como con su ex Barbara Rey- y su adicción a la cocaína, Ángel Cristo murió de un paro cardíaco en mayo. Pese a los bochornos de sus últimas apariciones públicas, pasará a la historia del circo como uno de los domadores de fieras más famosos.
NÉSTOR KIRCHNER. El ex presidente de Argentina murió a los 60 años de un fulminante ataque al corazón que dejó al país sumido en el dolor y en la incertidumbre política. El que fuera máximo mandatario argentino entre 2003 y 2007 había tomado las riendas del Partido Justicialista de nuevo -tras un breve paréntesis- y todo apuntaba a que volvería a presentarse a las presidenciales. Dicen quienes lo conocieron que era un líder tan carismático como polémico.
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